Estrategias contra la deserción escolar

http://www.lavoz.com.ar/israel/ideas-para-que-chicos-no-abandonen

¿Qué tiene que cambiar la escuela para que los alumnos continúen en la escuela? La pregunta hecha por Raúl Weeis, en Ramat Rachel, un kibutz en las afueras de Jerusalén, nos traslada de un plumazo a Córdoba. Weeis, filósofo y profesor en el Kibbutzim College of Education, es un académico provocador que dice cosas tan sencillas que asustan.

Durante su conferencia “El cuidado del otro” en el curso “Metodologías educacionales, juventud en riesgo: prevención de la deserción estudiantil y facilitación de la reintegración”, organizado por el Centro de Capacitación Internacional A. Ofri de Mashav, la Agencia de Cooperación Internacional para el Desarrollo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel, Weeis planteó un ABC de la educación universal. Esta periodista fue becada para participar de la experiencia.

“Los alumnos que sienten que sus profesores se preocupan por ellos tienen mejor rendimiento. Hay que invertir en el desarrollo ético y afectivo de manera similar al desarrollo intelectual”, plantea Weeis.

Con variantes, las escuelas que trabajan con alumnos en riesgo educativo (que desertaron o podrían hacerlo) en Israel ponen la mirada en los sujetos: en los chicos y en los docentes. La concepción se basa en la diversidad y en la potencialidad.

Para los ojos de una extranjera occidental, Israel –y Jerusalén en particular– es un lugar fascinante, donde abundan colores, olores y sabores. La cultura milenaria, las religiones, las vestimentas, las costumbres y tradiciones son tan intensas como el paisaje mismo.

El país, de ocho millones de habitantes (20 por ciento son árabes israelíes), sorprende. En las últimas décadas se ha modernizado de manera notable de la mano de la inmigración calificada (muchos rusos llegaron en la década del ’90), de las universidades de alta calidad, de la inversión del Estado y del ejército, una institución con enorme peso en la sociedad y una concepción diferente a la que tenemos en Latinoamérica.

Israel también desconcierta. Hay plantaciones de frutales en el desierto, desalinizan el mar (en 2014, la mayoría del agua potable provendría del Mediterráneo) y registran un elevado uso de energías alternativas para no depender del petróleo de los vecinos árabes. Es uno de los mayores exportadores de tecnología y talentos mundiales. Y, entre otras cosas, el aborto legal rige en una sociedad empapada de preceptos bíblicos.

Un sistema muy diferente.
Las escuelas también son diferentes. Para entender el sistema educativo inevitablemente hay que conocer la historia de Israel desde su creación como Estado en 1948, cuando llegaron 600 mil personas en la diáspora, que compartían religión pero provenían de países diversos.

Con el tiempo, el país se vio obligado a dar marchas y contramarchas para incluir a las distintas olas inmigratorias (desde la ex-URSS hasta de países africanos, en especial, Etiopía). Hoy, hay 12 años de educación obligatoria y gratuita; seis años de educación primaria y seis de nivel medio. No existe la repitencia y no se aprueba año por año. Los alumnos van a clase seis días a la semana y descansan el sábado. El ciclo lectivo transcurre entre el 27 de agosto y el 30 de junio.

Los docentes trabajan cinco días a la semana, el sexto día es para capacitación continua. Quienes cumplen con la formación prevista reciben un aumento salarial. Hay escuelas estatales (600 internados), escuelas estatales religiosas (con estudios judaicos), estatales árabes y drusas (se imparte en árabe) y muy pocas privadas.

Los alumnos que deseen obtener el certificado del nivel secundario deben aprobar los exámenes de bachillerato ( bagrut), que incluye materias de examen obligatorias como idioma hebreo (o árabe para los ciudadanos árabes), un segundo idioma (por lo general inglés), estudios de Biblia (para alumnos judíos), matemáticas, historia y educación cívica.

Los alumnos deben escoger entre una variedad de materias relacionadas con las ciencias y las artes. Obtener el bagrut es requisito indispensable para ingresar a la Universidad –que es privada–, aunque después de cumplir con la obligatoriedad del ejército, que es de dos años para las mujeres y tres para los varones. En Israel hay poco más de un millón y medio de alumnos; es decir, el doble que en Córdoba.

Los jóvenes en riesgo educativo en Israel representan, según datos oficiales, el 17 por ciento de la población de 12 a 18 años. Son unas 126 mil personas. Según algunas ONG, la cifra rondaría el 30 por ciento. En Córdoba, sin contar a quienes desertan, el 33 por ciento cursa con sobreedad.

Emmanuel Grupper, vicepresidente de centros de internados, explicó que hoy la población en riesgo de abandono está vinculada a los movimientos inmigratorios no calificados, a los judíos ultraortodoxos y a los árabes. Se considera que los ultraortodoxos tienen menores aspiraciones profesionales.

Unos 32 mil jóvenes (cuatro por ciento del total) se encuentran en alto riesgo, es decir que desertaron, no se integran a ningún programa alternativo de educación no formal, tienen antecedentes penales o son víctimas de adicciones. “La responsabilidad de los niños en riesgo es de los gobiernos locales, no del nacional”, asegura Nelly Geva, subdirectora del Programa Nacional de Protección de Jóvenes en Riesgo. El plan se aplica a las municipalidades de población árabe, inmigrante y ultraortodoxa.

Como en cualquier parte, nada es perfecto. En Israel también se lidia con el fracaso educativo, además de convivir con el eterno conflicto bélico.

Pero, desde afuera, se observa algo distintivo: hay metas, se trabaja con la idea de que todos pueden y se animan a tomar riesgos. Como predica Raúl Weeis: “El educador tiene que ser como un apostador y estar dispuesto a perder”.

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